21/09/2021

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Carta abierta a mi hija Alejandra

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¡Ay, Dios mío, mi niña! Es lo más importante que tengo, pero también es la que más me da que hacer en la vida. Cuando digo esto pienso: “¿Mi madre podría decir lo mismo de mí?”. Yo he sido una niña muy buena y Alejandra ha sido buenísima, responsable y estudiosa. Después llegó la adolescencia y eso nos arrasa a todos. Qué difícil es que tus hijos entiendan lo que tú les dices. En ese momento, te pones en el papel de tu madre. Al final, todos tenemos que tropezar en la misma piedra, caernos y levantarnos cien mil veces. Muchas mujeres que tienen hijas me entenderán. Hay momentos para las hijas en los que su padre es lo más para ellas. Siempre tienden a respetarlo y admirarlo por encima de la madre. Esto lo he compartido con mis amigas y parece ser algo genético. Cuando las hijas crecen y se convierten en mujeres empiezan a ser más cercanas a las madres porque tienen los problemas de una mujer y se sienten más colegas y unidas a nosotras.

Siempre deseé otro hijo

No quiero ser la mejor amiga de mi hija, pero quiero ser una madre con la que ella tenga la confianza para contarme todo lo que ella considere. Me gustaría que me lo contara casi todo, porque quiero que sus relaciones íntimas pertenezcan a ella. No estoy preparada para que mi hija me hable de esas cosas. Una vez mi madre lo hizo hace poco y le dije que no me lo contara. Quiero dejar claro desde aquí que quiero ser abuela muy tarde. Un hijo es una de las cosas más maravillosas que te pueden pasar en la vida, pero también te la cambia. Mi amiga Lara Dibildos es la única que me dijo la verdad de lo que es tener un hijo. Mi embarazo lo pasé con miedo y al final no lo disfruté. Por eso siempre he deseado tener otro hijo para disfrutar del embarazo. Me hubiera gustado tener un varón. La vida no me ha acompañado porque yo no iba a tener un hijo con cualquiera. Eso es algo que tenía muy claro. He tenido parejas que no querían y otros querían pero yo no. A pesar de tener una persona en mi casa exclusivamente para mi niña, la llevé a la guardería porque tenía que socializar. Duró poco tiempo, porque se ponía siempre mala y porque otro niño le dio un bocado en el dedo. Después la llevé al colegio Los Rosales y me siento muy agradecida a este centro escolar. Lo elegí porque era el que estaba más cerca de mi casa y porque es uno de los grandes colegios de Madrid. Cuando llamé para apuntarla ya había cerrado las matrículas. Tuve que pedir a un amigo del rey Felipe que me consiguiera una reunión para que mi hija y la de mi amiga Olivia entraran a estudiar allí. Yo he llevado a mi hija al colegio el 90 % de los días. No podía recogerla por la tarde porque presentaba ‘Con T de tarde’ en Telemadrid. Después, me dieron un programa en Antena 3, ‘La granja’, que se emitía desde Barcelona. Tenía que vivir tres días allí. El día después de la gala dormía tres horas y me cogía el primer avión para llevar a mi hija al colegio. No quiero ponerme medallas, pero la gran mayoría de los hombres no hacen eso.

Cuando tuve cáncer

Para mí, el momento más difícil con mi hija fue decirle con once años que su madre tenía un cáncer, que me tenían que operar, dar quimioterapia y que se me iba a caer el pelo. Mi hija empezó a decirme: “El pelo no, mamá”. Le dije que eso era lo menos importante de todo. Muchas veces, me escondía y me tapaba para que no me viera. Un día pensé que ella se estaba haciendo una imagen mía que me preocupaba. Entonces, me fui al baño y me maquillé y le dije: “Pasa”. Me vio y dijo: “Mamá, pero si estás guapísima”. Le di naturalidad y le hice entender que ese tratamiento me iba salvar la vida. Con el paso de los años, Alejandra se volvió más rebelde. Tenía que sacar todo lo que pasó y se calló con mi enfermedad. Os confieso que me daba una quimio y me levantaba a desayunar con mi hija para que ella estuviera tranquila y sintiera que yo estaba bien y no era una enferma. A veces, se iba y me tenía que meter en la cama. Si alguien me impulsó y me dio fuerzas para no venirme abajo fue mi hija. No siempre se puede hacer así. Cuando llega su adolescencia y empieza a salir me siento responsable por si le pasa algo y su padre me pide explicaciones. Tengo una relación estupenda con mi exmarido. De repente, la vida me da la oportunidad de hacerlo y compro un ático para que ella disfrute. Cuando lo tengo todo montado me dice: “Mamá, me voy a vivir con mi novio”. Eso fue un palo para mí, pero la vida es así. Ella sacó una rebeldía que era necesaria.

El futuro en la tele

Alejandra nunca me ha manifestado que le gustaba el mundo de la televisión. Me siento identificada con ella y la veo reproducir lo que a mí me ocurrió. La radio y la televisión en la que empecé no tienen nada que ver con la de hoy. Ahora, todo es más incisivo. Me ha preocupado mucho que trabaje en este mundo porque necesita una preparación de la que ella es consciente. Me aterroriza que la toquen y le hagan daño. Prefiero que los disparos vengan a mí aunque ella se equivoque. Confieso que no me gustaría que mi hija entrara en un reality, pero si lo hace no está en mi mano. Me gustaría que en el futuro ella se preparara para trabajar en televisión. Tiene capacidades para presentar un programa acorde con su edad y sus conocimientos. Mi mayor preocupación es su felicidad. Personalmente, me gustaría que en un futuro no cercano se casara y tuviera hijos. Mi madre a mi edad ya tenía dos nietos, pero yo no quiero tanta rapidez. Me gustaría que ella tuviera dos hijos. Alejandra: “Cuantas veces siento que no nos encontramos. No sé si no me entiendes o no me explico. Mi único cometido en la vida es estar aquí para ti. Tu felicidad es lo único que me importa en la vida. Si tú eres feliz, yo seré inmensamente más feliz”.

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