18/10/2021

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El caso Zemmour

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Hasta hace tres semanas, yo no sabía quién era Éric Zemmour. Y probablemente tampoco lo sepan muchos lectores. Zemmour se ha convertido en unos pocos meses en la estrella del firmamento político francés con una intención de voto del 18%. No tiene partido ni programa, pero supera en los sondeos a Marine Le Pen. Si hoy se celebraran las elecciones presidenciales, previstas para 2022, sería el segundo candidato más votado tras Macron y le disputaría la segunda vuelta.

Hijo de inmigrantes argelinos de origen judío, Zemmour tiene 63 años. Es un demagogo brillante y culto, que tiene la osadía de reivindicar a Petain y que propugna la expulsión de los musulmanes. Según le escuché en un debate televisivo con Edwy

 Plenel, periodista y fundador de Mediapart, Francia está sumida en el abismo y se halla abocada a su desaparición como nación europea y cristiana.

Las dos fuerzas que amenazan su futuro son los inmigrantes musulmanes y una clase dirigente, personificada en Macron, que ha hecho dejación de sus responsabilidades y ha entregado el país a sus enemigos. La gira promocional de su libro le ha convertido en un fenómeno de masas con ruedas de prensa amplificadas por los medios.

Lo más llamativo es el rápido progreso de Zemmour, un personaje marginal considerado un excéntrico, que ha anunciado que está sopesando presentarse a las presidenciales. Sus posibilidades de vencer son mínimas, pero su irrupción en la escena política amenaza la supervivencia tanto del partido de Le Pen como la de la formación de Sarkozy, Fillon y Barnier, sumida en el desprestigio.

La pregunta es cómo un político racista y demagogo, que sostiene que Francia está en una guerra civil, que denigra a los homosexuales y defiende un concepto machista de las relaciones, ha podido disfrutar de un ascenso tan meteórico.

Una de las respuestas es que este hombre no esgrime argumentos racionales sino que apela a las emociones. Dice lo que un sector de los ciudadanos quiere escuchar. E insiste en los mensajes victimistas que, como hizo el nacionalsocialismo, achacan los males de la nación a la conspiración de una minoría y la incapacidad de las elites.

Sus ideas tienen mucho que ver con los partidos populistas y de extrema derecha que han tenido un fuerte progresión en Europa desde la recesión de 2008. Hay gente que no se siente representada por los líderes políticos tradicionales y acude al mesianismo de figuras emergentes como Zemmour.

No hay que menospreciar a estos aprendices de brujo que se aprovechan de la crisis de las democracias parlamentarias y de su falta de alternativas para responder a la globalización y el cambio tecnológico. Zemmour es la manifestación de una enfermedad que está corroyendo nuestras certezas y nuestros valores. Su éxito se debe no a su fortaleza, sino a nuestra debilidad.

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