18/10/2021

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La voz de los desplazados de Abdulrazak Gurnah, Nobel de Literatura

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Érase una vez un joven tanzano que con dieciocho años huyó de Zanzíbar en busca de un futuro en el que su etnia o su religión no fueran sinónimos de muerte, de asesinato, de hambre y de masacre. Tras atravesar el viejo continente, al que entonces miraba con más admiración que recelo, llegó a Reino Unido como refugiado y allí, en una tierra que no era la suya, empezó a escribir. Tenía veintiún años y su lengua materna era el suajili, pero escogió el idioma de Shakespeare para hacer realidad sus sueños. Unos sueños que medio siglo después se han cumplido con el máximo reconocimiento al que un escritor puede aspirar, el Nobel de Literatura. Aquel joven, hoy profesor jubilado de la Universidad de Kent (Canterbury), se llamaba Abdulrazak Gurnah, y su nombre no estaba en las quinielas ni en las casas de apuestas, pero sí en la lista de candidatos que cada año maneja el Comité Nobel de la Academia Sueca.

De ahí que, cuando el secretario permanente de la institución, Mats Malm, apareció tras las puertas de la sede en Estocolmo y anunció el veredicto, muchos echaran mano del buscador que todo lo sabe para ubicar al ganador, reconocido por su «conmovedora descripción de los efectos del colonialismo y la difícil situación de los refugiados en el abismo entre culturas y continentes». Un fallo que el escritor conoció en su casa de Kent poco antes de que se hiciera oficial y que recibió con la misma incredulidad con la que, siendo un niño, leía ‘Las mil y una noches’. Pura fantasía hecha realidad. «Todavía lo estoy procesando. Es un gran premio, es inevitable que mi vida cambie a partir de ahora», dijo Gurnah en una entrevista con la Fundación Nobel.

Mientras el móvil no paraba de sonarle, con llamadas como la de la BBC, el escritor reconocía que esto «no era algo que tuviera en mente en absoluto». Incluso en los días previos se preguntaba quién ganaría. «Al principio no me lo creía. Pero es real, sí que lo es», confesó. Con el veredicto en la mano, fue preguntado por cómo ve las divisiones entre las culturas. Un breve silencio precedió a la respuesta de Gurnah, que hizo un llamamiento a Europa para que cambie su visión de los refugiados de África y reconozca «que tienen algo que aportar». «No vienen con las manos vacías», afirmó el escritor, subrayando que son «personas con talento y energía».

En un día así, después de todo lo vivido, y con la memoria como su principal aliado, Gurnah tuvo que acordarse de aquel momento en el que salió de Zanzíbar, la isla del Índico en la que nació en 1948, con un único objetivo: sobrevivir. Dejó atrás a su familia, a sus raíces, y se convirtió en un refugiado en el exilio. Pero no renunció a su identidad, porque nunca se olvidó de ella. Tres años después de empezar esa nueva vida, obligada, en Reino Unido, Gurnah se puso a escribir. Lo hizo en el idioma del país que le había acogido, sí, pero inspirado en las fuentes de las que bebió en su niñez: los versos de la poesía árabe, de la poesía persa, los mundos de ‘Las mil y una noches’, las suras del Corán… Con el tiempo, cuando su escritura se asentó en el amargo espacio del exiliado, Gurnah abrazó la tradición inglesa, desde Shakespeare a V. S. Naipaul.

En 1984, el escritor regresó a Zanzíbar. Fue la última vez que vio a su padre, que murió al poco tiempo. Con la triste certeza de una vida perdida, Gurnah regresó a Inglaterra y siguió escribiendo, conformando una obra marcada, como su propia existencia, por el desarraigo del refugiado. Su primera novela, ‘Memory of Departure’, apareció en 1987. Le siguieron ‘Pilgrims Way’ y ‘Dottie’. Las tres exploraban las experiencias de los inmigrantes en el Reino Unido de la época. El reconocimiento le llegó con su cuarta novela, ‘Paraíso’ (1994), ambientada en el África Oriental colonial durante la Primera Guerra Mundial y con la que fue finalista al Booker. Luego vendrían seis novelas más –la última de ellas, ‘Afterlives’, el año pasado–, libros de relatos, ensayos y una plaza como profesor de literatura inglesa y poscolonial en la ya mencionada Universidad de Kent, donde dio clases centrándose en escritores como Wole Soyinka, Ngugi wa Thiong’o y Salman Rushdie.

Ya como profesor emérito, ilustre retirado, Gurnah vive entregado a seguir ampliando ese universo literario en el que, según Anders Olsson, presidente del Comité Nobel de la Academia Sueca, «todo está en constante movimiento: recuerdos, nombres, identidades». Una búsqueda interminable, basada en la verdad y en su frontal rechazo a la simplificación. De hecho, a juicio del Comité Nobel, sus novelas «se apartan de las descripciones estereotipadas y abren nuestra mirada a un África oriental culturalmente diversa y desconocida para muchos». Y desde hace unas horas Abdulrazak Gurnah tiene el honor de ser el quinto escritor africano que recibe el galardón literario más prestigioso del mundo.

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