18/10/2021

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Los carteles prohibidos de la Mercè

Peret y su Mercè torsonudista, a la izquierda, y, a la derecha, Claret Serrahima  junto a su inacabado cartel de 2010.
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Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

Los agradecimientos suelen ir al final del texto, pero en este caso merecen ir en el primer párrafo. Hay que dar las gracias a los diseñadores Pere Torrent ‘Peret’ (Barcelona, 1945) y Claret Serrahima (Barcelona, 1950) porque han aceptado posar con los dos únicos carteles de la Mercè censurados por la autoridad competente en democracia. En una estupenda iniciativa de la Casa dels Entremesos (plaza de las Beates, 2), las dos obras se exhiben como broche de una exposición que reúne carteles de la fiesta mayor de Barcelona desde 1871 hasta la actualidad. A Peret le vetaron el suyo en 1992. Las razones, las reales y las más sugerentes, luego. Serrahima fue víctima de la censura en fecha más reciente, en 2010, y fue una gran lástima, porque la suya era una de las ideas más divertidamente locas que haya tenido hasta la fecha un cartelista de la Mercè. Pasen, vean y opinen, y, sobre todo, muchas gracias a ambos de antemano.

Por orden cronológico, primero, 1992. Peret era entonces un artista más que consagrado. El cartelista de la fiesta, igual que el pregonero, se elige en una tormenta de ideas. No hay un concurso para ello. Se selecciona un candidato y, salvo que alguien pueda acreditar que le ha sucedido lo contrario, y si es así que levante la mano, tiene plena libertad creativa para realizar su obra. Eso hizo Peret.

El cartel de Peret, tal cual como lo entregó a las autoridades municipales de 1992.

Con el original de nuevo en brazos para posar ante el fotógrafo, Peret explica que con el tiempo ha visto fermentar en su interior todo tipo de sospechas sobre por qué aquella obra no vio la luz del día. Esta, por poner antes sobre la mesa los antecedentes, es una ciudad en la que su alma más conservadora se escandalizó en 1985 con el inocente cartel de Robert Llimós, un dibujo de trazo simple en que un grupo de gente bailaba desnuda, algo que, en opinión de la prensa conservadora, parecía más bien “una orgía con prostitutas en el Moll de la Fusta”.

Habían pasado siete años y la ciudad no solo era olímpica, sino que incluso brindó al mundo una mascota de los JJOO rupturista, pero una cosa era mostrar desnudo a un perro y otra muy distinta lo que tal vez para algunos era la imagen semicubista y torsonudista de la mismísima virgen de la Merced. No era el propósito, dice Peret, pero, si así se entendió, recuerda el artista que la historia de la pintura sacra, sobre todo la bizantina, está muy bien surtida de representaciones de la Virgen de la Leche, en la que la protagonista, pecho en mano amamanta a Jesús de bebé.

La realidad, consultados quienes estuvieron en la salsa de aquella polémica decisión (nada menos que la primera censura de un cartel oficial de la Mercè), parece ser menos interesante. Lástima. En el minúsculo sanedrín que se reunió para ver el cuadro recién terminado por Peret estaba Francesc Vicens, primer director de la Fundació Miró, que hizo un breve pero despectivo comentario que nadie, ni siquiera entre ellos Oriol Bohigas, se atrevió a contradecir. Parece que le molestó su aire picassiano.

Peret, entre enojado y pillo, exhibió su obra en una muestra retrospectiva tan pronto como le fue censurada

Justo en aquellas fechas, Peret tenía abierta al público en el Convent dels Àngels una extensa retrospectiva de su trayectoria y, muy pillo y bastante enojado, cuando supo que su cartel había sido desdeñado lo colgó en la exposición junto a una leyenda que informaba de que había sido censurado. El chiste, porque casi todo lo tiene en esta vida, es que Bohigas visitó la muestra y al día siguiente publicó un elogioso artículo sobre Peret, pero obvió decir que en el cajón de la Mercè quedó, en parte por su silencio cómplice, un cartel excelente.

El segundo episodio de esta crónica conlleva un salto en el tiempo hasta 2010, vamos, casi ayer, cuando Claret Serrahima, entusiasmado por el encargo que le hizo el alcalde Jordi Hereu, quiso ir mucho más allá de hacer solo un cartel. Le sorprendió que la mayor parte de festividades catalanas del año tengan su dulce de referencia, un ‘tortell’ el día de Reyes, un pastel cuatribarrado en la Diada y una ‘mona’ de chocolate durante la Pascua, por citar tres de tantos, y, en cambio, una fiesta mayor tan potente como la de Barcelona se celebrara sin mover el bigote. Se propuso llenar ese incomprensible hueco gastronómico del calendario.

Puede que no haya habido un cartelista más entusiasta que Claret Serrahima, que pretendió no solo hacer un cartel, sino obsequiar a la ciudad con postre de la Mercè

Movilizó al gremio de pasteleros y a las mejores cabezas de la Escola de Pastisseria de Barcelona para encontrar un dulce oportuno y adecuado para la fiesta, una decisión que no merecía ser tomada al azar. Reparó en el higo como ingrediente central, una fruta de septiembre, casi exclusivamente de septiembre, muy puñetera ella, pues recogida del árbol es comestible pocos días, apenas los que dura una Mercè. Es entonces extraordinaria, incomparable, pero, de repente, decae y fermenta. No es por lo tanto sencillo trabajar con ella en la elaboración de un pastel, pero de aquel reto salió una receta, una suerte de saquitos de higo que se ofertarían en las pastelerías de la ciudad durante la fiesta mayor.

Dos de los dulces saquitos de higos que el gremio de pasteleros de Barcelona creo por encargo de Claret Serrahima para dotar a la Mercè de un postre de celebración.

“En el ayuntamiento me apremiaban. ¿Qué pasa con el cartel?, preguntaban. Yo les decía que eso, luego, que no se preocuparan. Sería el clímax. Los carteles en las farolas y los pastelitos en los escaparates”. Así lo recuerda Serrahima. Parece casi que se relame.

Nada de todo aquello se consumó. Lo fácil sería imaginar que en los despachos municipales el primer esbozo que vieron del cartel, porque hubo varios, no muy distintos unos de otros, a alguien le pareció una versión alegórica de ‘El origen del mundo’ de Gustave Courbet, pero en versión catalana. Ese es un trono que, por cierto, ya está ocupado, pero si una fruta representa en la cultura popular local la genitalidad femenina ese es, de forma incuestionable, la ‘figa’.

Un esbozo bastante avanzado del cartel de Claret Serrahima.

Los organizadores de la exposición de la Casa dels Entremesos sopesaron en broma la posibilidad de colocar los dos carteles no uno al lado del otro, sino el de Peret encima y el de Serrahima, debajo, en lo que habría sido una suerte de plano americano muy gracioso, pero injusto con la realidad, porque, de nuevo, las razones de la censura fueron en el 2010 mucho más prosaicas.

Hay que rememorar el contexto. Por parafrasear al abogado Javier Melero, Jordi Hereu era en aquel momento un hombre que si montaba una funeraria la gente dejaba de morirse. Su mandato, y no siempre por su gestión, fue una sucesión de catástrofes. Padeció un monumental apagón eléctrico que en un caluroso verano llenó las calles de la ciudad de generadores de gasoil, vio como la ciudad tuvo que abastacerse de agua llegada en barco por culpa de una sequía de proporciones bíblicas y, esto sí por su mala cabeza, realizó una consulta sobre el tranvía de la Diagonal que parecía organizada por su peor enemigo. Y entonces, a medio año de las elecciones, Claret Serrahima enseñó una primera aproximación de su cartel.

Otra de las versiones del cartel, con las letras a lápiz de la Mercè

“Verás, el mundo de la cultura jamás te hará ganar unas elecciones, pero te puede dar la puntilla para que las pierdas”. Lo dice alguien que fue espectador de aquella censura del cartel y que, además, da por muy posible la versión de Hereu, que asegura que nada tuvo que ver con aquella decisión. Es más, ni siquiera recuerda haber visto jamás el cartel. No cuesta creerle a poco que se le conoce. Nunca fue un político al uso. No sabe mentir. Una ‘rara avis’, vamos, tanto que cuando dejó la política ni se asomó a las puertas giratorias. La cuestión es, parece, que alguien creyó velar por él cuando le dijo a Serrahima que ya podía ir confeccionando otro cartel bien distinto.

El cartel con el que Serrahima, pese al desdén político, obsequió a las caras conicidas de la ciudad que le ayudaron a crear un cartel oficial alternativo.

A Peret no le dieron esa oportunidad. En la Mercè de 1992 echaron mano de una fotografía de Manuel esclusa y caso resuelto. A Serrahima tuvieron la deferencia como mínimo de contarle hasta la razón del susto habido en los despachos. Con Hereu en horas políticamente muy bajas, temían que el higo fuera motivo de chistes, que si “Hereu ‘fa figa’” o que si “Hereu es una figaflor”.

Peret y Claret Serrahima, a quienes hay que dar las gracias por posar en este reencuentro con sus obras, frente a la sede la Casa dels Entremesos.

Visto con perspectiva, tal vez aquel cartel ‘interruptus’ de 2010 sea el narrativamente más interesante de toda la colección exhibida en la Casa dels Entremesos, porque retrata a la perfección un momento de zozobra política. Incluso sirve en bandeja la ocasión de repescar una estupenda letra de Pau Riba, una de las menos radiadas, a pesar de que es una estupenda canción. ‘Lluna robada’ se titula, y narra la historia de un chalado que se sube a lo alto de un ciprés para robar la Luna y pasearse luego con ella por las calles de la ciudad. “Rieu, mireu-me, divertiu-vos tireu-me cèntims, cacauets, mofes, insults i tonteries, llenceu l’infern d’entre les dent,  però procureu d’aconseguir-vos un paraigua ben resistent, perquè d’aquí a quaranta dies s’estriparà el cel amb un tro i caurà un enorme aiguat de figues que enfigassarà a tothom”. Así fue un poco el final de mandato de Hereu. Si gustan, traduzcan al castellano con Google. La cuestión es que hasta música podía haberle puesto Claret Serrahima a su cartel. Qué cosas.

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