21/10/2021

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Pijoprogres, pijolocos y blancos

El escritor y periodista Cristian Segura.
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Dice el mito que los esquimales Inuit son capaces de nombrar 40 tipos de nieve. El resto, ante la caída rotatoria de los copos somos como ese personaje de V. S. Naipaul, criado en una isla caribeña, que llega a Londres y al descubrirla solo suelta: “¡Nieve!”. 

Hay gente de dinero que también distingue muchos tipos de nieve, de cualquier nieve. Pero desde luego, la gente de orden sabe catalogar a muchos tipos de pijo

Cristian Segura acaba de publicar ‘Gent d’Ordre’ (Galaxia Gutenberg), genealogía del dinero en Barcelona y catálogo de pijos de la ciudad, además de divertidísima y elegante memoria personal. Por estirar el símil, en casa debía de tener hasta ancianas raquetas de nieve de madera de fresno con trenzado de cuero de alce. También de aluminio ligero color flúor y con crampones. Y habría esquíes y ‘snowboard’ y trineos.

De ahí que donde nosotros confundimos el Open Godó con el Club de Polo, o Aula con La Salle Bonanova, él nos deleite con mil matices. Con un talento endemoniado para el bautizo, ya acuñó la idea de ‘Upper Diagonal’ en su día. Ahora afina las diferencias entre ‘pijoprogre’ (con cierta culpa de clase y una curiosidad gildebiedmaniana que los distancia de la manada) y ‘pijoloco’ (con conciencia de su clase y mucha inconsciencia vital ‘pocholera’), al tiempo que propone otro de categoría anfibia: el ‘pal de paller’. 

Él es más bien un ‘pijoprogre’ (es desternillante la escena infantil en la que se encuentra a García Márquez en el Club y le recrimina tomar Coca-Cola, esa bebida imperialista). Pero su testimonio es especialmente válido por su sinceridad y porque está al servicio de exponer las actitudes oportunistas de nuestras élites en la última década (en realidad, en cualquier década de crisis). 

Sabemos que, para entender cómo fue la posguerra, en la ciudad tenemos que leer a los vencidos, a Marsé («su cotidiana lucha contra la miseria y el olvido»), pero también es muy útil leer, por ejemplo, a Esther Tusquets, que arranca sus memorias con la frase: “Habíamos ganado la guerra”. El primer recuerdo de ambos es la entrada de los tanques nacionales en Barcelona, con las élites del país pidiendo taxis desde los balcones.

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En realidad, los esquimales solo tienen unas cuatro palabras para la nieve: la que está sobre el suelo (‘aput’; aquí se me ocurre calzar al ‘pijoprogre’), la que va a la deriva (‘piqsirpoq’, aquí podría ser el ‘pijoloco’), la arrastrada por el viento (‘qimuqsuq’, o los conversos al independentismo de raíz franquista) o la que está cayendo (‘qana’, o, volviendo al relato de Segura, la idea de una élite barcelonesa reconocible).

Él, que huyó de ella, está de duelo, un duelo irlandés, superado con humor. Al fin y al cabo, incluso al niño harto de ver muñecos de nieve no le gusta cuando se derrite y solo queda una zanahoria, larga como una nariz de Pinocho, sobre el suelo más sucio y más gris.

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