23/01/2022

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Saber sacar la pata

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«En política, cuando se mete la pata, que todos la metemos, lo más oportuno es sacarla pronto». Felipe González dedicó esta frase a Pablo Iglesias cuando éste andaba diciendo que en España faltaba «normalidad democrática». La mala opinión que el socialista tiene del exvicepresidente morado es pública, por lo que añadió: «Y yo no quiero que la saque». González insistía así en la idea de que no apearse del burro ante una equivocación no la hace desaparecer ni la empequeñece, sino al contrario, la engorda. Es un sabio consejo a tener siempre presente no solo en política sino en la propia vida.

Pablo Casado, sin embargo, no es capaz de sacar la pata que metió cuando anunció que el PP

 votaría en contra de la reforma laboral sin haberla leído. Desconozco si es por inseguridad o por soberbia porque, a estas alturas, Génova es perfectamente consciente de que el texto pactado entre empresarios y sindicatos solo cambia aspectos muy concretos del marco actual, y esto equivale a consagrarlo, a reconocer que la reforma laboral que introdujo el PP funcionó muy bien. Lo entiende el ala moderada del partido, con Alberto Núñez Feijóo o Juanma Moreno como rostros más visibles. Lo entienden los ‘rajoyistas’ y los que redactaron la reforma vigente. Lo entiende FAES. Lo entienden hasta los socios parlamentarios de los populares. Y no es frecuente verlos a todos de acuerdo en algo.

Es totalmente legítimo que Casado aprecie tanto el marco laboral que tenemos que no quiera cambiar ni una sola coma. Pero la política es el arte de lo posible y la Comisión Europea -presidida por una dirigente del PP Europeo- exige al Parlamento español -controlado por la izquierda y los independentistas- que reforme el marco laboral si quiere los fondos europeos. Ante esta realidad, el control de daños es la mejor estrategia que tiene el PP para defender los intereses que le son propios. ¿Cuál es el coste de tumbar la reforma? El riesgo cierto de que se apruebe un marco laboral mucho peor.

El texto pactado por sindicatos y empresarios puede ser criticable por muchas razones, pero hay que reconocerle la legitimidad de nacer del consenso. No es la reforma que hubieran hecho los primeros o los segundos, sino el punto de encuentro alcanzado desde la defensa de lo que cada parte consideraba irrenunciable. Mantiene la flexibilidad y el coste del despido. Preserva la libertad de empresa frente a planteamientos que la ponían en riesgo. Genera, a fin de cuentas, seguridad jurídica cuando parecía inevitable un marco de mayor inseguridad y riesgo… Poco más se puede pedir a una reforma impulsada por un gobierno socialcomunista.

Casado, claro está, anunció su voto en contra del texto por miedo a que Santiago Abascal le acusara de pactar con el PSOE a las puertas del 13-F. El problema es que es muy difícil no meter la pata cuando se anteponen los intereses propios a los generales.

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